Santi estudiaba la preparatoria, era hijo único y vivía con su abuela, pues sus padres se habían ido a Estados Unidos cuando él apenas tenía dos meses de nacido, y nunca se supo más de ellos.
Santi era el único que cuidaba de su abuela… o mejor dicho, se cuidaban mutuamente.

A pesar de todo, el muchacho siempre fue trabajador y estudioso; pero todo cambió el día que entró al grupo del torito.
Chino, uno de sus amigos de la infancia, le había contado lo bien que le iba mientras danzaba por la ciudad en el tradicional baile del torito.

Sin embargo, el grupo tenía algo más que simples presentaciones: su líder, Don Juan, había convertido esa tradición en una especie de círculo cerrado que seguía a Legna, un ente del que había leído en antiguos pasajes.
Antes de dedicarle su vida a Legna, Don Juan era muy devoto de su fe, pero después de perder a su familia, decidió cambiar su camino y rendirle homenaje a este nuevo símbolo.
El grupo tenía poco tiempo de haberse formado, algo más de dos años.
Chino pertenecía a la segunda generación.
Cada día, antes de salir a danzar por el centro, se reunían en la casa de Don Juan para hacer cantos y ritos en otro idioma, como preparación antes de salir a la calle.

Chino solo le había contado lo básico: cómo bailaban, cómo se preparaban y las buenas ganancias que obtenían cada noche.
Le dijo que cada integrante podía llevarse hasta cinco mil pesos, con el único requisito de mantener la lealtad hacia Legna.
Santiago era escéptico, pero cuando empezaron los gastos para su escuela y las medicinas de su abuela, tuvo que buscar trabajo.
Todos los que encontraba pagaban poco, $1500 semanales, además lo rechazaban siempre por ser ESTUDIANTE.
Le escribió y acordó asistir a una reunión para ser evaluado por Don Juan.
Cuando lo conoció, Don Juan supo que era el joven ideal: con fe quebrada y el alma vulnerable.
Le explicó que la lealtad a Legna era esencial, que cualquier duda podía traer consecuencias.
Esa noche, Santi no pudo dormir. Observaba el crucifijo en su pared y pensaba si contarle o no a su abuela.
Tomó el crucifijo, lo guardó en el cajón, y justo entonces, alguien tocó la puerta con fuerza.
Al asomarse, vio a Don Juan y a Chino.
—Es hora de tu iniciación —dijo Don Juan.
—Claro, señor —respondió Santi.
Esa noche, Santi fue aceptado oficialmente en el grupo.
Esa noche cambió su destino.

A la mañana siguiente, regresó a casa. Su abuela dormía, pero él sentía algo distinto en su interior.
Pasaron las semanas y la situación económica mejoró bastante.
Sin embargo, la salud de su abuela comenzó a deteriorarse rápidamente.
A pesar de los esfuerzos, ella no logró recuperarse.
“Mijo, confía siempre en la bondad del cielo, todo pasa por algo…” fueron sus últimas palabras.
Santi quedó devastado.
Ni el dinero ni los logros fueron suficientes para calmar su tristeza.
En su cabeza no dejaban de resonar las palabras de su abuela.
Al día siguiente, cuando se preparaba para la danza, decidió colgarse el rosario que había sido de ella.
Durante los cánticos previos, sintió un ardor en el pecho, una sensación intensa, pero no dijo nada.
La danza comenzó.
Santi era el mejor danzante del grupo, portaba la máscara principal y manejaba el látigo que marcaba el ritmo del tambor.
Todo iba bien, pero aquel calor en su pecho aumentaba con cada movimiento.
Los recuerdos de su abuela lo invadían; el sonido del tambor era cada vez más fuerte, la gente gritaba, las luces se mezclaban…
Hasta que, frente a la Fuente de los Leones, Santi se desplomó.
Don Juan corrió hacia él.
Del pecho de Santi salía una ligera humareda blanca, y al abrir su camisa vio el rosario fundido sobre su piel.

Don Juan retrocedió, impresionado y le dijo “te dije que siempre debías ser fiel a Legna” para después salir corriendo junto a los demás, Chino se quedó a su lado fue el único que se quedó a su lado.
Gracias a él se conoció esta historia.
Algunos dicen que Legna no perdonó la traición del símbolo de la abuela, otros piensan que fue una simple coincidencia…
¿Tú qué opinas?
Dicen que, desde entonces, cada año, un torito danza solo frente a la fuente, y que se escucha un tambor en la distancia, aunque no haya músicos alrededor.

